Esta madrugada se ha ido uno de los grandes. Carlos Llamas era, esencialmente, periodista. Un alma con vocación de entender el mundo que nos rodea. La voz cortada y cálida, la ironía, la trasparencia. Hoy he aprendido que el corazón también se encoge con la muerte de alguien a quien nunca miraste a los ojos. Esa es la magia de la radio revelada en el aprecio que surge hacia ese comunicador que se resbala, cada noche, por el altavoz del transistor. Hoy, todos los que amamos la radio sentimos que somos menos. Nos va costar acostumbrarnos a tu silencio.
Hasta siempre, Charly.

