Pablo, Pedro y las almendras amargas.

Siempre que leo un buen reportaje, puede estar firmado por él. Pablo Ordaz, el periodista sutil.

El artificiero Pedro y las almendras amargas

La perra que revisó la furgoneta de los terroristas acaba de morir de infarto y el policía que la cuidaba está de baja por depresión. Ninguno de estos datos tienen importancia para la causa, y tal vez por eso nadie le preguntó ayer al agente si su decaimiento tiene que ver con el deceso del animal, pero reflejan hasta qué punto el juicio del 11-M se interna a veces por los callejones de la angustia.

Una mujer rumana busca incansable el rostro del asesino de su amiga. Un conserje maldice la hora en que se fijó en aquellos jóvenes con mochilas, demasiado abrigados para el frío que hacía aquella mañana de jueves.

-Llevo tres años intentando olvidar.

Los presuntos culpables bostezan o se gastan bromas en la habitación de cristal blindado hasta que de pronto enmudecen y se orientan como girasoles hacia una de las pantallas de televisión. El juez acaba de ordenar la proyección del croquis de una de las mochilas que no llegaron a explotar. Los acusados muestran un interés que no se escapa a la amarga ironía de una de las víctimas: “La miran como si la conocieran de algo”. La voz de un artificiero que declara guardando su rostro relata vivencias de aquella mañana en la estación de El Pozo: “El compañero que estaba junto a la mochila me llamó: ¡oye, que esto parece plastilina! Me acerqué y vi en el interior una bolsa de basura de un azul transparente con cintas amarillas. La tocamos y nos dimos cuenta de que aquello era un artefacto. Se oían miles de teléfonos en la estación -los teléfonos móviles de los fallecidos que sonaban sin parar-, pero del interior de aquella mochila no salía ningún sonido”.

La mañana se va en el interrogatorio de otros policías que también se jugaron la vida en las horas siguientes a la matanza. Llama la atención el testimonio de un subinspector llamado Pedro. La sala se reviste del silencio de las grandes ocasiones. Pedro no es un cualquiera. Pedro lleva 14 años, que se dice pronto, desactivando bombas. Pedro sabe que esta mañana tendrá que lidiar con otro peligro, el de las preguntas trampa, las que desde que empezó el juicio tratan de desacreditar su trabajo y el de sus compañeros. Es un peligro nuevo, extraño para él.

Hasta ahora, además de héroes anónimos, los artificieros de la policía han sido también los ojos y las manos de fiscales y abogados de la acusación a la hora de condenar a los terroristas. Nunca se ha cuestionado su trabajo. Nunca se han pedido informes paralelos. Ahora sí. Ahora todo el mundo que no vea a ETA en el guión del 11-M está bajo sospecha. Pero Pedro, perro viejo, no parece inmutarse.

-Metí el dedo en aquella masa gelatinosa. Luego lo saqué y lo olí. Tenía el fuerte olor característico de las almendras amargas.

Serían las dos y media de la madrugada del viernes 12 de marzo. El subinspector Pedro y otros artificieros llegan a la comisaría del Puente de Vallecas, donde, entre los miles de efectos depositados, se acaba de encontrar una mochila con explosivos procedente de la estación de El Pozo. Después de su declaración ante el tribunal, el agente -chaqueta gris de mezclilla, corbata de asistir a juicios, marcado acento castizo de policía de película- completa sus recuerdos de aquella madrugada.

Y, de nuevo, el juicio vuelve a meterse por los callejones de la angustia. Por las calles desiertas, conmocionadas por lo que acaba de pasar, una comitiva silenciosa de tres coches callejea hacia el parque de Azorín. El primero es un patrullero con sus destellos de luces azules. El segundo, otro coche oficial con una bomba en su interior. En el tercer vehículo, camuflado, va el subinspector Pedro. “Habíamos decidido intentar desactivar la bomba a cielo abierto. Era más seguro. Colocamos la mochila en una zona de tierra, junto a una pradera de césped. De aquel momento recuerdo muy bien la soledad. Mi soledad ante la bomba. Y el corazón que se va poniendo al 100% de pura adrenalina. Pensé en la muerte, como pienso siempre, pero es un pensamiento que está ahí, que no te distrae. Era una noche cerrada. No se veía un carajo. Enseguida me di cuenta de que el teléfono de la bomba lo había montado un genio. Donde los terroristas de ETA necesitan tres pasos, allí estaba resuelto en uno solo. También me di cuenta de que el teléfono estaba desconectado, pero eso era lo normal. Hay mucho misterio en torno a eso, pero tiene la explicación más sencilla. Cuando tú quieres que el teléfono te despierte, le marcas una hora y luego lo apagas, para que nadie te llame mientras duermes. Los terroristas hicieron lo mismo. Marcaron la hora y apagaron los teléfonos. No funcionó porque, al igual que el teléfono lo había montado un genio, los cables fueron conectados por un tío chapucero. Llevo muchos años luchando contra ETA en el País Vasco, pero esa bomba no la había visto nunca. No pertenecía a ninguna de las bandas terroristas que actúan en este país. Cuando finalmente la desactivé, me sentí muy feliz”.

El subinspector se va del juicio por la puerta de atrás, seguro de sí mismo, ocho contra cien a que en un casting de policías duros él se lleva el papel. No lo cuenta, pero aquella noche, después de su triunfo, aparecieron por el parque Azorín varios comisarios. Uno, sabiendo que la papeleta estaba ya resuelta, le preguntó: “¿Por qué no nos ha esperado?”. Y él le respondió:

-Pero, ¿quién iba a desactivar la bomba, usted o yo?

Apareció en EL PAÍS

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