Hombres de casas con jardín

Pepe había perdido la cuenta de los años que llevaba sin hablar con su amigo Pedro. Fueron uña y carne, en la Facultad todos lo sabían. Hubo pocos trabajos, en toda la carrera, que hicieran separados. Se entendían con un golpe de vista, con un chasquido de dedos, con un leve levantamiento de cejas. Fueron los campeones de los torneos de guiñote desde el 75 hasta el 79. En los años de estudiantes los viernes eran solo para ellos. El ritual era siempre el mismo. Quedaban en el barrio, frente a la Administración de lotería que estaba estratégicamente situada entre los portales de sus respectivas casas y al lado de la tienda de ultramarinos. Siempre entraban a comprar un par de latas de cerveza que bebían de camino al centro mientras se recreaban en las hazañas de la semana.  Ni muy pronto, ni muy tarde. Las ocho era buena hora. Con los botes en la mano caminaban calle arriba, hasta el puente. Una vez allí, se apoyaban en el muro y observaban como el agua sacudía la piedra consumida. A veces les olía a mar. A veces el río les olía a los puertos de barcas pequeñas y hombres que se ganan la vida con unos kilos de pescado insípido. Nunca se lo dijeron a nadie, dos tipos como ellos no podían pensar esas boberías.

 

Sin prisa seguían el camino. Riendo a carcajadas, bromeando sobre todo lo bromeable. Hablando del futuro, de cómo serían dentro de muchos años, imaginándose en buenos puestos de trabajo, con unos hijos correteando a su alrededor y con una casa en las afueras con un jardín enorme. Siempre se imaginaban viviendo en casas de jardines enormes. En el fondo eran unos románticos un poco antigüitos, aunque les costara reconocerlo. Cuando las latas se habían consumido, entraban a esas tascas minúsculas y oscuras que hay en los cascos viejos de todas las ciudades. Esos bares en los que los zapatos de los clientes se pierden en un mar de servilletas usadas y palillos de madera mordisqueados. Una caña detrás de otra, raciones, tapas. Bebían y comían hasta casi quedarse sin una perra gorda.

 

No necesitaban a nadie más. Con la barriga llena, el paso cada vez más descoordinado, y la cara chisposa la noche se echaba encima y ellos se echaban a las barras de los bares. En torno a ellos pasaban horas, rostros. En ese tiempo en que casi todos engañan a sus amantes, jugaban a sostener la mirada de dulces jovencitas. Sin llegar a más. La noche de los viernes era sólo para ellos.

 

Un viernes de esos de tasca, cerveza y barra de bar Pedro encontró a su Amalia. Esta vez hubo algo más que sostener la mirada y nada volvió a ser igual. De una vez por semana, las salidas se redujeron a una vez al mes, luego una vez cada dos meses… Pedro cada vez pasaba más de los campeonatos de guiñote. Las tardes nunca acababan en la cafetería de la Facultad.

 

Dejaron de ser uña y carne, y en la Facultad también todos empezaron a saberlo. La gente le preguntaba a Pepe por Pedro, y este siempre decía –esa chica le ha atontado, ya no es el mismo-.

 

Han pasado ya muchos años desde aquello y ahora Pepe se encuentra, con menos pelo y más barriga, frente a un adosado de un barrio residencial de la periferia. Eso sí, con un jardín enorme y cuidado. Tras la puerta, aparece Pedro con una niña pequeña rodeando su pierna y dificultándole el caminar. Su cara, al ver al amigo de juventud, es confusa. Ni frío, ni calor. Le invita a pasar, le ofrece una cerveza sin alcohol y le induce a acomodarse en el sofá del salón. Hablan un momento de cosas triviales, como sin querer ahondar en nada y Pedro dice que tiene que ir a recoger a su hijo mayor de colegio, que le espere allí, que enseguida vuelve.

 

Cierra la puerta y Pepe permanece sentado en el sofá, mirando el jardín por un gran ventanal, bebiendo pequeños sorbos de esa asquerosa cerveza sin alcohol y recordando lo que fueron antes de que Pedro encontrara a su Amalia. Un ruido desagradable, como de algún tipo de máquina de tamaño mediano, le hace levantarse y mirar por la ventana enorme.

 

Una decena de hombres con monos de trabajo están cortando, una a una, cada una de las flores del jardín de la casa de Pedro. Primero las rosas, luego las camelias y las prímulas, después los tulipanes y las margaritas y, por último, las azaleas. Otros empiezan a talar el olivo de tronco menudo y la parra rebosante de uvas moscatel. Pepe sigue paralizado, insultantemente parado ante aquella atrocidad. Una sonrisa se le escapa por las comisuras de los labios, echa un último vistazo al jardín y sale de la casa, sin prisa.

Una respuesta to “Hombres de casas con jardín”

  1. Virginia Says:

    Que bonita historia! Seguro que hay muchos Pedros y Pepes repartidos por este mundo. Eres un gran escritora. Te deseo lo mejor.

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