Los tornillos de Balvanera

Cuando no tenía ni veinte años, Germán se dio cuenta de que lo que lo que más amaba en el mundo era la escritura, tomar un portalápices de mina gruesa y emborronar cualquier trozo de papel. Germán trabajaba en la ferretería que ahora era de su padre, que antes fue de su abuelo y que, con toda certeza, iba a ser suya en un futuro no muy lejano. Pero a Germán no le apasionaban los tornillos. Y eso que parece perfectamente normal en cualquier otra persona de cualquier otra familia era una fuente de disputas en la suya.

El padre de Germán, el señor Matías, era un buen comerciante. Conocía el nombre de pila de todos los viejitos que acudían de forma habitual a la tienda de tornillos, lijas, remaches y otros útiles que regentaba en la comercial zona del Abasto, en el barrio de Balvanera. A Germán, sin embargo, le gustaba pasar desapercibido. Siempre decían de él que era un lunático. Un lunático tratable, eso sí. Pasaba todo el tiempo que podía en la trastienda del comercio, ordenando la estancia con una mano y sujetando un libro con la otra. Cuando su padre le veía, solía echarle un pequeño rapapolvo porque no veía bien eso de hacer dos cosas a la vez, para él, la tienda y sus clientes eran su medio de vida y por eso los cuidaba por encima de todas las cosas. La verdad es que Germán montaba unas zapatiestas de campeonato. Colocaba las lijas gruesas en el lugar de las medio gruesas o mezclaba las brocas de diferentes tamaños. Esta situación que, por un lado, provocaba en el bueno del señor Matías un visible enojo, también despertaba su curiosidad. Matías nunca se había divertido con un libro. Y miren que lo había intentado, eh, pues no era capaz. Cuando llevaba leídas una decena de páginas se le perdía la vista en un baile de letras y ya era casi imposible volver a recuperar la atención.

Cada tarde, tras echar la verja del comercio de tornillos, Germán iba a casa, se desprendía de la vestimenta de ferretero y se calzaba unos vaqueros desgastados y una camisa de cuadros. Cuando le apetecía caminar, bordeaba tres manzanas, cuando no, cogía el tranvía hasta llegar a la calle Ayacucho. En el número 12 de aquella vía, en los bajos de un edificio medio abandonado, se reunían los literatos de la ciudad para beber mate y maldecir el mundo. No sé cómo Germán llegó a conocer aquel antro lleno de mugre y de encanto pero lo cierto es que las visitas al lugar se convirtieron en una constante en su rutina. En el ala derecha de la sala, sentado a una mesa pequeña le esperaba, cada tarde, el que ya se había convertido en amigo. Fabián era un viejo de barba poblada y ojos acristalados por el exceso de vino barato. Pasaba casi todo el día en aquel tugurio, fumando de manera pausada y bebiendo pequeños pero continuos sorbos de caldo rosado. Fabián era una especie de mecenas. Sabía de las virtudes de Germán y se afanaba en estrujarlas hasta el infinito. Siempre tenía algún libro recomendado para él, alguna historia cautivadora.

El último libro que le procuró fue Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa. Germán nunca lo supo mientras lo leía pero aquel libro era el presagio de la historia de un país llamado Argentina y de un joven convertido a periodista venido a menos que se llamaba como él. La casualidad quiso que el mismo día que Germán acabó el libro, un golpe de Estado brotara de las zarpas de un general detestable. El local de literatos fue clausurado, el viejo Fabián acusado de subversivo e internado en prisión, el bueno de Matías siguió vendiendo tornillos y Germán plantó cara a la costumbre familiar y, con la garganta en un nudo, le dijo a su padre que dejaba el comercio, que quería contar el mundo. Que necesitaba contarle al mundo lo que pasaba en Balvanera, en el Abasto, en su Buenos Aires querido.

Éste fue un relato improvisado en un tren de camino a Madrid a las seis de la mañana. No quedé muy convencida con él y, si les digo la verdad, no me veo con fuerzas para renovarlo. Lo publico porque sí, porque me da igual que esté cargado de una moralina limitadamente original. Esta historia es un regalo que sale de dentro y un grito al aire para el que lo quiera coger.

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4 comentarios to “Los tornillos de Balvanera”

  1. luis Says:

    Qué agradable es leerte…=D. Por cierto, Fabián tiene muy buen gusto literario.

  2. adriuss27 Says:

    Para no estar muy convencida, te ha quedado muy bien.

    Un besito,
    Adri.

  3. eltipodelagorraroja Says:

    Cojo tu grito de aire con mucho gusto.

    Pero a mi no me trates de usted

  4. Dario C. Says:

    Me pregunto qué sería de las personas sin la palabra, y de la palabra sin la idea que transporta, y de la idea sin la persona que la engendra…

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