González Iñárritu y el cine universal

Ha llegado a la Filmoteca de París con las escenas de Biutiful, su última película, aún rondando por la cabeza y se ha sentado a hablar con el viejo compatriota Carlos Fuentes. Otros, los que hicimos fila en esta tarde de marzo en la que ya es primavera en París, nos hemos sentado para escucharle. Alejandro González Iñárritu, 45 años, rudo, piel morena, dos hijos (un tercero murió a los pocos meses de nacer) y tres película estrenadas. El joven bohemio que se cruzó el charco con 350 dólares y buscó a la vida sirviendo copas en un bar de Torremolinos. Luego, Amores Perros y 21 gramos y Babel. O, lo que es casi lo mismo, México, EEUU, el Mundo. Así, de una tacada. Dice pertenecer a una nueva generación de creadores mexicanos que han desafiado la figura del ranchito y han salido adelante a fuerza de talento y contribuciones privadas. No acepta los localismos en el cine y apuesta por una creación universal. Y no hay quién le quite la razón. ¿Qué otorga nacionalidad a una historia en un mundo cada vez más globalizado?, ¿quién es capaz de amarrar una película a un país si esta es el resultado del trabajo conjunto de las gentes de un mundo o, al menos, de una parte de él? Es una idea tan romántica como estúpida, pero puede que a veces el arte de filmar actúe un poco como un verdadero disipador de fronteras, aunque al final del día cada uno pose su cabeza sobre la almohada que refresca el estirpe.

González Iñárritu ha hablado también de la relación entre cine y literatura y ha destacado lo desafortunado de llevar a escena grandes novelas por la dificultad que entraña trasladar a la pantalla algunos recursos de la palabra. Diez páginas de una persona subiendo una escalera con sus olores, sus sabores y sus silencios se traducen en el cine a un tipo aburrido alzándose entre escalones, ha comentado. Y es que es cierto, el cine es una combinación inexacta de luces y sombras, vestuarios, diálogos, colores, música, escenario. Un conglomerado de imágenes masticadas, y no por ellos menos valientes o bellas, que dejan menos rincones para la imaginación. Porque, definitivamente, la palabra agua no moja.

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