Reportaje. Armonía y contrastes en el norte de París

La fragmentada rue Belleville fusiona los rostros y la diversidad de una ciudad que nunca termina

Elena Herrera/Camilo Useche

Caminar por la rue Belleville, ese estrecho margen en el que cohabitan ciudadanos chinos, en su mayoría, con franceses, indios, africanos y otros tantos de múltiples nacionalidades, es un deleite visual único en esta ciudad. Las aceras de esta calle, anegadas de restaurantes, cafés y todo tipo de comercios, conforman una miscelánea de colores y moldean una estética en la que todo lo oriental se apodera del territorio, recordando a la visión apocalíptica de las calles de Nueva York en la ya famosa película de Ridley Scott, “Blade Runner”.

La historia de esta particular calle parisina, ubicada exactamente en el límite de los distritos XIX y XX, en el norte de la ciudad, está ligada a la historia misma del gran barrio de Belleville y constituye un ejemplo claro de la expansión parisina a finales del siglo XIX. En aquel tiempo, la rue Belleville pertenecía a la comuna del departamento de la Seine anexado por Paris en 1860.  Sobre este espacio circulaban entonces obreros parisinos atraídos a la capital por los trabajos que ofrecía el Barón Haussmann.  Belleville era ante todo un lugar de fiesta donde los “guinguetes” (cabarets populares parisinos) amenizaban a la multitud con vino y bailes populares.  En el transcurso de la  primer guerra mundial el barrio adoptó la tradición de acoger extranjeros, exiliados que le dieron un particular tono a esta fracción del noreste parisino.  Es así que a  principios del siglo XX, Belleville se convirtió en uno de los mayores receptores de extranjeros de la ciudad. Desde armenios, en 1918, pasando por griegos en 1920, españoles en 1939 y argelinos y tunecinos hacia los años sesenta, década en la que también empezaría a convertirse en un barrio llamativo para los franceses y forasteros bohemios que llegaban a París. Veinte años después, en los años ochenta, la población africana y asiática copó los flujos de inmigración, una tendencia que continúa hasta el día de hoy.

La atmósfera de este espacio es un conglomerado racial que cambia a medida que la calle aumenta en su numeración.  El primer segmento, aunque de claro dominio asiático, parte del tradicional café-brasserie “La Vielleuse”, ubicado en el número dos de la rue Belleville.  El establecimiento es el típico bar parisino al que acuden los habitantes del barrio, en su mayoría hombres, a tomar café mirando a la gente pasar y en el que se puede degustar un plat du jour, algo así como un menú del día aunque más escaso, asequible a todos los bolsillos.  A partir de ahí, la dominación asiática es una constante. París parece entonces otro mundo, una pequeña ciudad dentro de otra, un universo perfectamente diferenciado, como en la magia de las muñecas rusas.  Los supermercados con todo tipo de productos alimentarios importados de China se intercalan con tiendas de ropa, agencias de viajes y centros de estética.  En uno de esos establecimientos hay una señora que hace la manicura a otra, las dos con marcados rasgos orientales.  La trabajadora dice que lleva quince años en el barrio pero su actitud algo huraña hace que la conversación se acabe ahí mismo, a los diez segundos de comenzar.  No es el chino un pueblo dado al diálogo callejero con los que no son de los suyos.  Eso es algo que se percibe cuando se han dado apenas unos pasos por la zona y que Nina, una octogenaria que lleva más de veinte años viviendo en Belleville, corrobora cuando habla de sus experiencias.  Sentada en una mesa del berlinesco café “Cabaret Populaire Culture Rapide”, en el número 103 de la calle Julien-Lacroix, una bocacalle de la rue Belleville, la mujer habla con tristeza de la transformación del barrio. “Antes esto era un barrio vivo, un lugar de intelectuales, pero los nuevos pobladores (refiriéndose a los ciudadanos de origen chino), sólo viven entre ellos”.  Con una copa de champagne en la mano, Nina habla de la historia de París y, especialmente, de la famosa comuna parisina de 1871, centrándose en el papel que jugó la toma de Belleville dentro de la resistencia anárquica de aquel acontecimiento. Va cayendo la tarde y el bar comienza a llenarse de gente joven, de franceses de aire bohemio, pobladores de la zona que acuden al “Cabaret Populaire Culture Rapide” para charlar y beber cerveza entre amigos. La metáfora de la matrioska se hace visible de nuevo, mientras los chinos cenan en sus restaurantes, los franceses beben vino en sus bares y así sucesivamente con todas las nacionalidades. Belleville no es un barrio intercultural, es un espacio mestizo por obligación, por la necesidad de unos, por el intento de sentirse entre los suyos de otros y, también, todo sea dicho, por la ansiada búsqueda de esa conexión multicultural que obsesiona a los que quieren creerse más bohemios o más locos. Desde la terraza del legendario “Aux Folies”, en el número ocho de la rue Belleville, bar en el que algún día actuaron Maurice Chevalier o Édith Piaf, puede contemplarse ese símbolo internacional que es la Torre Eiffel, como queriendo demostrar que si, que esto es un pedazo de París. En la mesa de al lado hay un hombre que lee Le Monde bajo el cristal de sus gafas y, un poco más allá, un grupo de cuatro amigos que ya va por su quinta cerveza. Mientras, en los comercios orientales del principio de la calle, la vida parece tan congelada como los pescados que venden, los mismos que un día nadaron por los mares de China y que cualquier noche servirán de cena a una de las familias de este barrio.

Por siete euros corta el pelo a los hombres un joven de Bangladesh que llegó a Belleville hace un año. El local en el que trabaja es muy pequeño, apenas entran un par de butacas, y todo es muy sobrio. El único atisbo de color es una guirnalda verde que parece que quedó olvidada de la decoración de la última Navidad. Mientras da los últimos retoques a un hombre polaco que regenta la tienda de productos desinfectantes situada justo enfrente de la peluquería, el joven comenta que se encuentra a gusto en el barrio. “Esto no es más peligroso que donde yo vivo (en un pueblo de las afueras de París), yo hago mi vida y los demás hacen la suya. A mi lo que me importa es que mi negocio vaya bien y por esa parte no me puedo quejar”.

Conforme se avanza hacia el norte de París, a la altura de la estación de metro Jourdain, en lo que podríamos considerar el segundo segmento diferenciado de la calle, el ambiente se torna más francés. Las fachadas de las casas cambian su tono y en la calle se suceden las tradicionales boulangeries (panaderías), las fromageries (queserías), las tiendas de comestibles que sacan sus frutas a la calle y los clásicos bares y cafés, combinados con las escuelas y los bancos. En general, la calle se abre ahora al ambiente característico de los distritos residenciales de París, el XIV o el XV, al sur de la ciudad. Se respira otro aire, no más tranquilo, pero si menos bullicioso, sin la saturación de las tiendas orientales y sin el tumulto de la gente en las angostas aceras. “Esta parte de la calle funciona como un pequeño pueblo alrededor de la Parroquia de Saint Baptiste de Belleville”, afirma Christian Boingean, que trabaja desde hace años en la fromagerie “Beaufils”. El quesero dice sentirse “tranquilo” en el barrio y reconoce que la gran parte de los clientes de su tienda es de origen francés. “Es normal, cada pueblo tiene sus costumbres, me imagino que los chinos verán tan raros mis quesos como yo veo lo que comen ellos. Pero lo importante es que no haya problemas y sepamos convivir”, apunta mientras envuelve en un fino papel blanco el trozo de brie que le acaba de pedir una señora. En 1854, Haussmann puso la primera piedra de la Iglesia de Saint Jean-Baptiste de Belleville. El templo fue el último edificio construido por la Comuna autónoma y el primero en separarse cuando se intentó anexar a París. La calle Belleville funcionó como la nueva frontera para desunificar a la comuna, dejando de un lado a la iglesia y de otro a los edificios administrativos del distrito, lo que en francés se llama Mairie.  En el número 140 de la calle, en plena “zona francesa”, se encuentra la Boulangerie 140, emblema del pasado del buen quehacer galo en lo que a panes se refiere. La panadería fue proveedora de las baguettes que se consumían en el Palacio del Elíseo en el año 2001, pero dicen algunos que la han probado que su calidad es fácilmente superable.

El último segmento de la rue Belleville, que termina en las postrimerías del metro Portes de Lilas, reúne todas las características de los faubourgs (suburbios) parisinos construidos alrededor del periférico, una obra elaborada en los años sesenta con la sola idea de acercar estos barrios alejados al centro de París de una manera rápida. El abandono y la poca calidad de vida fueron creando una atmósfera degradada hasta que en los años ochenta se puso en marcha una nueva política de recuperación que no consiguió acabar con el ambiente sombrío  y el carácter de zona industrial y de paso que todavía hoy permanece. El comercio y el tránsito de vecinos desaparecen en este trecho, creando una sensación de abandono que contrasta con los dos primeros fragmentos de la calle. Las viviendas sociales, con edificios que destacan por sus pintorescos colores o por los graffitis que adornan sus fachadas, se intercalan  entonces con pequeños comercios, casi todos africanos que ofrecen productos “exóticos” de una manera poco cuidada. Sólo al llegar al final de la calle, cerca del metro y del periférico, el tumulto de gente y la movilidad urbana resurgen.  En este último tramo, como en el primero, se resume la vida de la rue Belleville: chinos, franceses, indios, africanos e incautos visitantes se cruzan unos a otros dentro de la cotidianidad del día a día con la aceptación y la resignación de que la calle pertenece al mundo.

Es así que la rue Belleville nace y renace en cada esquina y con cada personaje que se asoma a un café o a un restaurante. La integración aquí no es una constante como sí lo es la convivencia , una muestra perfecta de la vida de París y de la mundialización que nos mezcla en los supermercados y en el consumo pero que no nos ayuda a comprender al otro.  La rue Belleville plantea con su estética y con su gente un universo de particularidades que congrega la diversidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: