Archive for the ‘Relatos’ Category

Los tornillos de Balvanera

abril 5, 2008

Cuando no tenía ni veinte años, Germán se dio cuenta de que lo que lo que más amaba en el mundo era la escritura, tomar un portalápices de mina gruesa y emborronar cualquier trozo de papel. Germán trabajaba en la ferretería que ahora era de su padre, que antes fue de su abuelo y que, con toda certeza, iba a ser suya en un futuro no muy lejano. Pero a Germán no le apasionaban los tornillos. Y eso que parece perfectamente normal en cualquier otra persona de cualquier otra familia era una fuente de disputas en la suya.

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Caramelos

enero 13, 2008

Siempre quise volar, pero debí acostumbrarme a vivir entre las nubes. Cuando nací, no se quién tuvo la genial idea de llamarme Viento. Viento, si. Viento como el viento. ¿Y quién le explica a una niña que se llama Viento que no puede volar? Siempre fui un poco rara, cuando era pequeña siempre me andaba quejando de que me dolía el corazón. Pero cómo te va a doler el corazón, hija –me decía mi abuela- eso es imposible. Y qué sabría ella… me pinchaba, me estrujaba, se me abría un hueco de dolor cuando algo me daba pena. Mi abuela siempre decía que yo era muy sentida. La única cosa en el mundo que calmaba mi angustia eran los caramelos. Si, los caramelos. Y mira que me gustaban, eh, pues puedo contar con los dedos de una mano los que me comí en toda mi infancia. Siempre los regalaba. Los llevaba en cualquier bolsillo y los regalaba cuando me dolía el corazón, cuando algo me daba pena. Lo que fuese. Yo regalaba muchos caramelos. Se los regalaba a los árboles que perdían sus hojas, a los niños que se caían en el parque, a las nubes que lloraban y mojaban mis zapatos con sus lágrimas. También se los regalaba a mi abuela, porque mi abuela lloraba muchas veces, aunque ella nunca dejaba que sus lágrimas mojaran mis zapatos.

Ahora mi abuela ya no está y yo ya no regalo caramelos. Siempre llevo los bolsillos llenos de chicles, por variar, por masticar otra cosa que no sea realidad.

 

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Hombres de casas con jardín

noviembre 7, 2007

Pepe había perdido la cuenta de los años que llevaba sin hablar con su amigo Pedro. Fueron uña y carne, en la Facultad todos lo sabían. Hubo pocos trabajos, en toda la carrera, que hicieran separados. Se entendían con un golpe de vista, con un chasquido de dedos, con un leve levantamiento de cejas. Fueron los campeones de los torneos de guiñote desde el 75 hasta el 79. En los años de estudiantes los viernes eran solo para ellos. El ritual era siempre el mismo. Quedaban en el barrio, frente a la Administración de lotería que estaba estratégicamente situada entre los portales de sus respectivas casas y al lado de la tienda de ultramarinos. Siempre entraban a comprar un par de latas de cerveza que bebían de camino al centro mientras se recreaban en las hazañas de la semana.  Ni muy pronto, ni muy tarde. Las ocho era buena hora. Con los botes en la mano caminaban calle arriba, hasta el puente. Una vez allí, se apoyaban en el muro y observaban como el agua sacudía la piedra consumida. A veces les olía a mar. A veces el río les olía a los puertos de barcas pequeñas y hombres que se ganan la vida con unos kilos de pescado insípido. Nunca se lo dijeron a nadie, dos tipos como ellos no podían pensar esas boberías.

 

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Carlota(s)

octubre 23, 2007

Estaba saliendo de la ducha cuando sonó el teléfono. Se puso el albornoz y se enrolló una toalla sobre el cabello empapado de agua. Fue corriendo hacia la habitación dejando tras de sí las huellas de sus pies pequeños. Huellas felices en la ignorancia. Descolgó el auricular y tuvo que apartarse la toalla de la oreja porque no alcanzaba a escuchar las palabras de su interlocutor. Aquella era la última noticia que esperaba recibir. Cuando colgó comenzó a gritar al tiempo que maldecía su suerte. No era una broma. Aquella llamada no era el pasatiempo de un estúpido con ganas de tomar el pelo a una ilusa como ella.

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